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En la infancia todo parecía más simple. Si sufríamos un rasguño o un dolor, acudíamos hasta donde estaba papá o mamá para que nos ayuden a mejorar. Solo queríamos sanar y seguir jugando. Pero si ese niño o niña mostraba un malestar inexplicable, entonces necesitaba un mayor cuidado, un diagnóstico y un tratamiento que lo restablezca y le devuelva la sonrisa. Era simple, ¿verdad?

Entonces de adultos, ¿por qué actuamos de forma contraria cuando sospechamos que algo en nuestro interior no anda bien y nos destiñe la alegría? Y no, no me refiero únicamente a la salud del cuerpo, sino a la salud de la mente y el espíritu que inciden directamente en nuestro estado emocional y actitudinal. En esa forma de ser y permanecer que condiciona y/o potencia nuestras relaciones; que determina la manera de ver la vida e inclusive, que conduce nuestras elecciones sentimentales.

Pareciera que, de adultos, vivimos eludiendo al niño que llevamos dentro y aún siente dolor, y miramos con espanto al anciano que nos espera a futuro. La vida en medio, temblando de un lado a otro, y un sinfín de preguntas que nos aterra responder.

Llegamos a la adultez y hasta hacemos espacio en la memoria y el alma a los fantasmas de las nostalgias, resignaciones, miserias, infancias robadas, pérdidas, guerras internas, pasiones furtivas, humillaciones y engaños. Siendo lo lógico y saludable el reconocer que existe una carga demasiado pesada y es momento de buscar ayuda, incluso profesional.

Decidirse a hacer terapia es similar a gritar auxilio al borde del precipicio: a punto de saltar, invadidos de angustia, pero con ganas de ser salvados. Es extender la mano en medio de la obscuridad de la mente para encender una luz que nos ayude a vislumbrar el destino que nos aguarda. Por más que insistan en que la voluntad lo consigue todo; hay heridas, penas y traumas que necesitan aliviarse a partir de cuando éramos niños, o incluso desde nuestros padres. Se trata de arreglar nuestro pasado para vivir un mejor presente.

Entendiendo que, al nacer venimos con el alma limpia y en el camino la vida se nos ensucia, entonces es preciso hacer ese viaje interior, muchas veces doloroso, con tal de examinar el instante en que nos empezamos a manchar. Aceptar que hay personas que no valen lo que nos duelen y no existe reparación alguna junto a quienes nos afectan. Entonces, ¿por qué se nos quiebra la voz cuando deberíamos defendernos con firmeza?, ¿por qué guardamos dolores en el corazón que nos cuestan tanto soltar? Es verdad, hiere un adiós sin un abrazo final, pero es mucho peor morir un poco cada día, aunque podamos respirar.
No siempre es fácil dejar ir a algo, o a alguien. Eso demanda coraje. Pero llega el momento en que debemos alejarnos. Admitir que hay cosas que, aunque se deseen con tanta fuerza, jamás serán posibles. Acoger a la tristeza y el duelo con dignidad y valentía, aprender la lección y negociar con uno mismo un nuevo camino de regreso.

Dicen que la felicidad perdería su significado sino estuviera equilibrada por la tristeza, pero esta última no tiene que ser una constante ni una condición previa para sentirnos bien. Si hay amor propio, entonces es hora de iniciar un proceso de sanación integral; hacernos responsables de los trastornos y emociones íntimas; abrazar con cariño y compasión al niño interior que habita dentro de cada uno, hasta curarlo totalmente.

Ciudad de Latacunga On Line

Este contenido es una producción de Grupo-Digital CDL Ciudad de Latacunga On Line S.A, publicada originalmente en el sitio web www.ciudadelatacungaonline.com  y protegida por derechos de autor.

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