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¡Hola ma’!, ¿cómo están? ¿Y mi papá? Nunca antes tuvieron tanto valor estas palabras como las tienen ahora. Sabiendo a mi madre al otro lado de la línea de teléfono; lejos, pero cerca de mí. Su llamada cotidiana y nocturna para conocer de mi día, de mis cosas; aunque lo más sustancial sea agradecer que siga viva y entre nosotros. Ella no tiene un celular, por eso conservo mi línea básica para recibir la única llamada importante que puede esperar un hijo: la de su madre.

Desde el inicio de la pandemia, quienes no habitamos juntos a nuestros padres, hemos encontrado en las palabras y en esas llamadas, una especie de eslabón que nos conecta por dentro con quienes amamos. La situación nos ha obligado a esconderlos dentro de su propia casa, aislados de todo lo que nos pudiera arrebatar su presencia. Y descubrimos que es el mismo miedo que sentían ellos cuando tardábamos en llegar a casa después del colegio. El espanto de perdernos de vista por un instante o, si hacía demasiado frío y no habíamos llevado un abrigo. Son las mismas impaciencias que no los dejaban descansar por las noches si aún no llegábamos a dormir. El amor disfrazado de cuidado.

Al cruzar el umbral de sus puertas nos atacan las dudas debido al riesgo innecesario que corren a causa de nuestra presencia, pero es que los echamos de menos, los necesitamos.

Ahora es cuando cobran sentido los gritos y advertencias que solían hacernos si salíamos a la calle sin su bendición y permiso. Es una ola de desesperación que nos invade tan solo de pensar en perderlos. Y lloramos por dentro, asustados como si aún fuéramos niños.

Los roles han cambiado. Ahora los reñimos para que no salgan a las calles. Les metemos miedo porque los preferimos advertidos antes que inconscientes y en una cama de hospital. Aunque molestos y aburridos, pero seguros en el sofá de la sala, en el columpio del patio o leyendo el periódico.

Los padres enseñan, tiempo después los hijos los guían. Y así estamos ahora, casi convertidos en padres de nuestros padres.

Hemos aprendido sobre la fuerza de un amor que nos obliga a enclaustrarlos para que nada malo les suceda. Las charlas con los amigos ya no giran alrededor de los hijos y sus sueños; sino de nuestros padres y su vida. Los sentimos viejos, frágiles, vulnerables, atrapados en esta burbuja invisible y nociva, pero queremos que tengan muchos días por delante. Que todavía nos hacen tanta falta sus abrazos. Que no queremos despedirnos de ellos.

No hemos dejado de aferrarnos a la ilusión de que llegue el día en que termine este encierro autoimpuesto. Y volver a disfrutar de su voz pausada, de escuchar por enésima ocasión alguna historia de juventud, de disfrutar su compañía silenciosa y recibir su cálido abrazo sin mascarilla de por medio, sin alcohol ni distancia.

Suena nuevamente el teléfono. Es mi madre. Simultáneamente reviso un mensaje y leo el nombre de otra persona que acaba de morir. Siento tristeza, pero respiro. Ella está al otro lado de la línea.

Digo, ¡hola ma´!, ¿cómo están?, “Bien, aquí guardados en la casa como todos los días, Sin salir ni a la puerta”. Y por dentro me repito: que sigan ahí, que nunca me falten, que suene siempre el teléfono y sean mis padres. 

Ciudad de Latacunga On Line

Este contenido es una producción de Grupo-Digital CDL Ciudad de Latacunga On Line S.A, publicada originalmente en el sitio web www.ciudadelatacungaonline.com  y protegida por derechos de autor.

Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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